viernes, 27 de enero de 2012

EL PAPA CLEMENTE Y SU PALMAR DE TROYA


La Iglesia palmariana fue establecida como grupo en 1975 por Clemente Domínguez y Gómez, que fue el fundador de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz o Iglesia Católica Palmariana, autoproclamado Papa (el "Papa Clemente") en 1978 con el nombre de Gregorio XVII, nombre de notable significado para el catolicismo más tradicionalista.

Domínguez Gómez había declarado tener visiones místicas, sufrir estigmas y recibir mensajes del Cielo durante años en el Palmar de Troya, Utrera, en relación con el fenómeno sociológico allí acontecido durante los últimos años de la década de 1960 y principios de la década de 1970. Durante un viaje en automóvil por la autopista Bilbao-Behovia, Domínguez sufrió un grave accidente que le hizo perder la vista el 29 de mayo de 1976.

Meses antes, Domínguez fue ordenado obispo, el 11 de enero de 1976, de modo válido, pero ilícito, según el Derecho Canónico, por el arzobispo vietnamita Ngo Dinh Thuc Pierre Martin. En 1978 afirmó haber tenido una visión sobrenatural que le ordenó autoproclamarse Papa, a la muerte de Pablo VI, en la cual Jesucristo le habría concedido el derecho de sucesión de éste a su muerte en agosto de 1978. Dicha visión condenó la "herejía", el modernismo (que a su vez había condenado Pío X) y el Comunismo, como ideologías que el Concilio Vaticano II habría aceptado, lo que le sitúa ideológicamente cercano al sedevacantismo, y al conclavismo. Encontrándose en Bogotá, Colombia, en agosto de 1978, se autoproclamó Papa. Inmediatamente, fue excomulgado por la Iglesia Católica. En ese mismo año, santificó a personajes del franquismo muertos años antes. Años después, excomulgó a Juan Pablo II y a Juan Carlos I, rey de España.

Catedral Basílica de Nuestra Madre del Palmar Coronada, sede central de la Iglesia Católica Palmariana, fundada por Clemente Domínguez.


Su juventud, según los propios palmarianos, tuvo "ciertas ataduras con las vanidades de la vida". Durante la década de los 90, fue acusado de abusos sexuales a algunos de los sacerdotes y monjas de su Orden. En 1997, Domínguez admitió tales abusos y pidió perdón por ellos. Falleció a los 58 años, durando su "papado" casi exactamente lo mismo que el Pontificado de Juan Pablo II. Murió apenas 11 días antes que éste. Según sus seguidores, Domínguez Gómez estaba destinado a ser el último Papa, y a ser crucificado y morir en Jerusalén, regresando a la Tierra bajo el nombre de Pedro II. Su sucesor, Manuel Alonso Corral, adoptó precisamente este nombre de Pedro II y, junto al Colegio de Cardenales de la Iglesia Católica Palmariana, canonizó a Clemente llamándole "Santo Papa Gregorio XVII, El Muy Grande".

Antes de que Clemente Domínguez anunciara su visión, los videntes en El Palmar de Troyahabían sido unas niñas. Las supuestas apariciones marianas, curaciones milagrosas y fenómenos paranormales empezaron en 1968 y se prolongaron hasta 1975, protagonizadas por cuatro niñas de 12 y 13 años que aseguraban haber visto a la Virgencerca de El Palmar de Troya. Esto ocasionó una gran afluencia de peregrinos al lugar. Los videntes contaban con muchos devotos mayormente desahuciados y la considerable ayuda de los sacerdotes diocesanos y regulares. Los demás videntes fueron desplazados posteriormente por Clemente, quedando como vidente principal del lugar.
El grupo alrededor de Domínguez y Gómez no se estableció inicialmente como iglesia separada, sino como una nueva orden religiosa, (Orden de los Carmelitas de la Santa Faz), inspirada por las supuestas apariciones y que se definía como “fiel al Papa Santo Pablo VI”. Con posterioridad esta Orden canónica pasó a honrar a dicho Papa como mártir.
La Orden afirmaba que el papa había sido secuestrado en el Vaticano por los cardenales que conspiraban contra él. Afirmaban además que estos cardenales le suministraban drogas alucinógenas con las que podían manejarlo a su antojo.
La Orden fue fundada por laicos, pero apoyada por un grupo de sacerdotes católicos, muchos de los cuales ejercieron como tales en la parroquia por muchos años. Una figura determinante en la obtención de las ordenaciones para los Carmelitas del Palmar de Troya fue el inversor católico suizo Maurice Revaz, que convenció al arzobispo vietnamita Ngo Dinh Thuc Pierre Martín de la autenticidad de las apariciones en Palmar de Troya. Creyendo el mensaje de los videntes, el arzobispo ordenó a dos de los miembros de la Orden, Domínguez, que pasó a llamarse Obispo Padre Fernando y Corral, que pasó a llamarse Obispo Padre Isidoro María y tres de los sacerdotes asociados al grupo sin permiso del Vaticano en 1976.Thuc y los cinco obispos que consagró fueron excomulgados posteriormente por el papa Pablo VI.
Thuc se desvinculó posteriormente de la Iglesia Católica Palmariana, preguntando a Pablo VI si podía ser perdonado y absuelto de sus penas canónicas, siendo finalmente perdonado.

En 1978Clemente Domínguez y Gómez instaló su propia Santa Sede en Sevillaya que declaró haber sido coronado papa místicamente por el propio Jesucristo en una visión y que era el único y legítimo sucesor de Pablo VI, haciéndose llamar desde ese momento Gregorio XVII y nombrando a continuación a sus propios cardenales y excomulgando posteriormente a Juan Pablo II por usurpador, apóstata, traidor antipapa y precursor del Anticristo. Por estas acciones el grupo anteriormente conocido como “Carmelitas de la Santa Faz paso a ser la iglesia Católica Palmariana. Algunos de los católicos empezaron a considerar esta organización como hereje e ilegal y separada de la Iglesia Católica.

La Iglesia Palmarianaestimaba tener 60 sacerdotes, 70 monjas y 2.000 seguidores, teniendo capillas en Gran Bretaña y América Latina. Clemente declaró que la iglesia Católica estaba poseida por el anticristo y los comunistas. Posteriormente fue declarado el dogma de la Asunción Corporal de San José.





Financiación



 

Canonizados

Excomulgados

Papas de la Iglesia palmariana

A lo largo de su breve historia, en los sucesos del Palmar se han producido numerosas separaciones y escisiones. De los iniciales videntes pervive la "Orden de la Cruz Blanca", grupo de fieles y videntes fieles a la Iglesia Católica y la ortodoxia, a cuyo cuidado está el sacerdote Félix Arana, que desde el comienzo está separada de la organización cismática palmariana y se reúnen con toda sencillez y anonimato en los lugares de las primeras apariciones. Son fieles a la ortodoxia, alejados de focos mediáticos y en sus mensajes muy devotos del entonces Papa Juan Pablo II. Para muchos estudiosos, como el Catedrático José María Sánchez de Toca, las verdaderas apariciones y mensajes originales perviven sin contaminación en este grupo. En su página web están publicados los mensajes.
Existe también un grupo formado por obispos de la Iglesia CatólicaPalmariana independientes del grupo del Palmar de Troya, ubicados en Archidona. Este grupo rechaza a Pedro II y lo considera el Antipapa, puesto que fueron excomulgados y expulsados por éste debido a supuestos robos a la congregación.



jueves, 12 de enero de 2012

MAKES ME SMILE

MELANCOLÍA Y NOSTALGIA EN ESTE NUEVO AÑO...

LUISE RAINER, LA REBELDE

 
No conocía a esta actriz, pero estas fotos y su historia me despertaron curiosidad... ahí va su historia cuando hoy cumple 102 años.

Tenía 28 años y un contrato que la ataba a la Metro cuando se plantó ante el hombre más poderoso de Hollywood con un reclamo bien concreto: estaba harta de que el estudio sólo le confiara papeles en melodramas o en comedias triviales que no estaban a la altura de su prestigio: al fin, era la primera y única actriz que hasta ese momento había ganado el Oscar dos años seguidos, quería desarrollarse, ser madame Curie o la heroína de  Casa de muñecas  . Louis B. Mayer la amenazó: "Nosotros te hicimos; podemos matarte". Ella no se amilanó: "Fue Dios quien me hizo, señor Mayer, y estoy todavía en mis veinte; usted es un hombre viejo: cuando yo cumpla 40, ya estará muerto". La escena, claro, puso fin a la relación de Luis Rainer con Hollywood. Se fue a Broadway sin que le importara demasiado clausurar una carrera cinematográfica que había sido tan fulgurante: nunca había querido ser una estrella. Tampoco quería seguir desperdiciando su talento en papeles, como los de  Escuela dramática  (Robert Sinclair), la última película que filmó para la Metro en 1938, el mismo año de su discusión con Mayer. Sólo volvería al cine dos veces: una, en 1943, para  Hostages  , mediocre film de ambiente bélico producido por Paramount; la otra, cincuenta y cuatro años después, para una versión de  El jugador  , de Dostoievski, debida al húngaro Karoly Makk; allí le bastaban diez minutos para robarse la película como la abuela que saborea el placer de jugar a la ruleta por primera vez.

 Por algo ya era a los 19 años -había nacido en Düsseldorf el 12 de enero de 1910- la actriz más aplaudida del elenco de Max Reinhart. Allí la descubrió Clarence Brown, el director favorito de Greta Garbo, y se la llevó a Hollywood, donde firmó un contrato de siete años con MGM. Menuda, bonita y con una exquisitez expresiva que la distinguía entre las intérpretes de su época, entusiasmó a Irving Thalberg, que le dio su respaldo, aunque Mayer apenas soportaba el espíritu independiente y combativo de la chica. Su primer film norteamericano,  Escapade  (1935, titulado aquí  La mujer desnuda  ), no tuvo demasiado éxito. Pero en seguida le tocó encarnar en  El gran Ziegfeld  a la esposa del famoso empresario teatral y bastó una escena -su primer plano en el teléfono tratando de ocultar la pena mientras oye a su marido decirle que la abandona por otra- para consagrarla y darle el Oscar. Con  La buena tierra  , su tercer film, volvió a sorprender por la elaboración interior del personaje (una técnica que anticipaba el "método") y le arrebató el Oscar a la Camille de Greta Garbo, actriz a la que admiraba. Hollywood todavía lo recuerda. Ella también: hace pocos días revivió ésa y otras historias -por ejemplo, su amistad con Einstein, Chaplin, Henry Miller y Anaïs Nin o la invitación que Fellini le formuló para sumarse al elenco de  La dolce vita  -, ante un periodista que la visitó en su piso londinense de Belgravia.


 Supone que si Thalberg no hubiera muerto en 1936 su carrera habría sido más extensa y rica, pero no se arrepiente de haberse rebelado contra el  star system  . Lo que, sí, lamenta es haber donado hace años todos sus papeles -entre ellos la partitura de  Porgy  & Bess  que le regaló Gershwin- a la universidad de Boston. "No me imaginaba -dice- que iba a vivir tantos años."

"For my second and third pictures I won Academy Awards. Nothing worse could have happened to me.The Oscar is not a curse. The real curse is that once you have an Oscar they think you can do anything." (Por mi segunda y tercera películas gané el premio de la Academia. Nada peor pudo pasarme. El Óscar no es una maldición. La verdadera maldición es que una vez ganado el Oscar piensan que uno puedo hacer de todo).

domingo, 1 de enero de 2012

HERZOG Y KINSKI


En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".

En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".
En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".


Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.

Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa.

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.

En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".

Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.


Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa. 

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.
Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.

Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa.

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.
Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.

Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa.

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.
Por Marcela Barbaro