jueves, 30 de septiembre de 2010

EL HOMBRE DE LAS MIL CARAS

Lon Chaney nació con el nombre de Leonidas Frank Chaney en Colorado Springs, Colorado, hijo de Frank Chaney y Emma Alice Kennedy; su padre era de ascendencia principalmente inglesa con algún aporte francés, y su madre era descendiente de irlandeses. Ambos padres eran sordos por lo que Chaney aprendió desde niño a comunicarse por pantomima. En 1902 comenzó su carrera en los escenarios, viajando con actores populares del teatro y el vaudeville. En 1905 conoció y se casó con la cantante Cleva Creighton y en 1906 nació su primer y único hijo: Creighton Chaney (alias Lon Chaney Jr.). Los Chaney siguieron de gira hasta asentarse en California en 1910.

Desafortunadamente se produjeron problemas matrimoniales y, en abril de 1913, Cleva se dirigió al Teatro Majestic, ubicado en el centro de Los Ángeles, donde Lon estaba dirigiendo Kolb and Dill. Allí, ella trató de suicidarse ingiriendo bicloruro de mercurio. El intento de suicidio fracasó y arruinó su carrera como cantante; el escándalo y divorcio resultantes obligaron a Chaney a abandonar el ámbito teatral y dedicarse a las películas.

Se ignora el tiempo que pasó allí, pero entre los años 1912 y 1917, Chaney trabajó bajo contrato para Universal Studios realizando pequeños papeles. En esta época, Chaney se hizo amigo de la pareja de directores Joe De Grasse e Ida May Park, quienes le dieron papeles más importantes en sus producciones.

Chaney también se hizo amigo de William Dudley Pelley, quien luego formaría la Legión de Plata, una organización nazi estadounidense. Mientras estuvo en Hollywood, Pelley escribió dieciséis guiones de los cuales Chaney protagonizó dos. Además, Chaney se casó con una antigua colega de la gira Kolb and Dill, una chica llamada Hazel Hastings que cantaba en el coro de la obra. Es poco lo que se sabe de Hazel excepto que su matrimonio con Chaney fue sólido. Luego de casarse, la pareja obtuvo la custodia del hijo de Chaney que ya tenía diez años y había residido en varios hogares e internados tras el divorcio de Chaney en 1913.

Para 1917, Chaney era un actor importante dentro del estudio aunque su salario no reflejara su estatus. Cuando Chaney solicitó un aumento, el ejecutivo del estudio William Sistrom contestó: "jamás valdrás más que cien dólares a la semana".

Tras abandonar el estudio, Chaney luchó como actor durante todo su primer año. No fue sino hasta 1918, al realizar un papel considerable en la película Riddle Gawne de William S. Hart, que el talento de Chaney como actor fue realmente reconocido por la industria del cine.

En 1919, Chaney realizó una actuación importante como "la Rana" (un hombre que finge ser un lisiado que se cura milagrosamente) en El milagro (The Miracle Man) de George Loane Tucker. La película no sólo exhibió la habilidad actoral de Chaney sino también su talento como amo del maquillaje. El elogio de la crítica y una recaudación de más de 2 millones de dólares estadounidenses pusieron a Chaney en el mapa como el principal actor de carácter de Estados Unidos.

Chaney es recordado como pionero en películas mudas de terror como El jorobado de Notre Dame (The Hunchback of Notre Dame) y, en especial, por El Fantasma de la Ópera (The Phantom of the Opera). Su habilidad para transformarse mediante técnicas de maquillaje de su propia invención le ganaron el apodo de "El Hombre de las Mil Caras". En un artículo autobiográfico de 1925 publicado en la revista Movie, Chaney se refirió a su especialidad como "caracterización extrema".

También demostró su adaptabilidad con el maquillaje en películas más convencionales, de crimen y aventuras, como por ejemplo The Penalty, donde interpretó a un gángster sin piernas. Apareció en varias películas dirigidas por Tod Browning, a menudo interpretando a personajes disfrazados o mutilados, entre ellos el lanzador de cuchillos Alonzo el Sin Brazos en Garras humanas (The Unknown) con Joan Crawford. En 1927, Chaney actuó junto a Conrad Nagel, Marceline Day, Henry B. Walthall y Polly Moran en el clásico del terror La casa del horror (London After Midnight) de Tod Browning que quizá sea la película perdida más famosa de la historia. Su última película fue un remake sonoro del clásico mudo El trío fantástico (The Unholy Three) (1930), su única película sonora y la única en que utilizó su voz tan versátil. Chaney firmó una declaración jurada donde establece que cinco de las voces principales en la película (el ventrílocuo, la anciana, el loro, el muñeco y la chica) son en realidad suyas.


Pese a que Chaney creó a dos de los personajes más grotescamente deformados de la historia del cine (Quasimodo, el campanero de Notre Dame, y Erik, el "fantasma" de la Ópera de París), sus representaciones buscaban una reacción de simpatía y tristeza entre la audiencia y no aterrarlos o hacerlos sentir rechazo hacia esos personajes desfigurados que tan sólo eran víctimas del destino.

"Quería recordarle al público que incluso quienes se encuentran más abajo en la escala de humanidad puden tener en su interior la capacidad de sacrificio", escribió Chaney en la revista Movie. "El pordiosero empequeñecido y deforme que vemos en las calles podría tener los más nobles ideales. La mayoría de mis papeles desde El jorobado de Notre Dame, como El Fantasma de la Ópera, He Who Gets Slapped, El trío fantástico, etc., han tenido incorporados el tema del sacrificio y la abnegación. Son estas historias las que quiero contar."

"Él fue una persona que reflejó nuestras psiques. Entró de algún modo a las sombras que existen dentro de nuestros cuerpos; pudo desenmascarar algunos de nuestros miedos íntimos y llevarlos a la pantalla", explicó el escritor Ray Bradbury en una ocasión. "La historia de Lon Chaney es la historia de amores no correspondidos. Él pone al descubierto esa parte de uno, porque uno teme que no lo amen, uno teme que nunca lo amen, uno teme que una parte suya sea grotesca, que el mundo le de la espalda."

Los talentos de Chaney se extendieron más allá del género del terror genre y el maquillaje artístico. También fue un bailarín, cantante y comediante muy hábil. De hecho, muchas personas que no conocían a Chaney se sorprendían por su deliciosa voz de barítono y su aguda capacidad para la comedia.

Chaney y su segunda esposa, Hazel, llevaron una vida privada discreta lejos del círculo social de Hollywood. Chaney promocionaba mínimamente sus películas y los estudios MGM, alimentando así su imagen de misterio.

Durante los últimos cinco años de su carrera (1925-1930), Chaney trabajó bajo contrato de exclusividad para MGM, realizando algunas de sus interpretaciones más memorables. Su papel como un duro instructor de la marina en Tell it To the Marines (1926), una de sus películas favoritas, le ganó el cariño del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, quienes lo nombraron el primer miembro honorario de la industria cinematográfica.

Chaney desarrolló una neumonía mientras filmaba Thunder en el invierno de 1929. A finales de ese mismo año se le diagnosticó cáncer de pulmón. Su condición fue empeorando poco a poco y murió de una hemorragia en la garganta siete semanas después del lanzamiento de una nueva versión de El trío fantástico. Su muerte afectó profundamente a su familia, a la industria del cine y a sus admiradores. Fue sepultado en el Forest Lawn Memorial Park Cemetery, en Glendale, California. Su lápida ha permanecido sin escritura alguna por razones que se desconocen.

En 1957, se estrenó una película titulada El Hombre de las Mil Caras (Man of a Thousand Faces) que relataba su vida. James Cagney interpretaba a Chaney.

viernes, 3 de septiembre de 2010

SHERLOCK HOLMES EN EL CINE

Sherlock Holmes es una de las figuras más representadas de la historia del cine, en feroz pugna con otras como Tarzán, Drácula, Napoleón o el mismísimo Jesucristo. La obra de Arthur Conan Doyle ha sido ingente inspiración para efectuar una gran cantidad de adaptaciones. Pero, además, los propios cineastas han recreado historias totalmente originales sobre el genio de Baker Street, o se han inspirado en la labor de otros escritores. Efectuemos un somero repaso sobre algunas de estas películas...

El éxito de Sherlock Holmes llegó a sorprender al mismísimo sir Arthur Conan Doyle. Su obra comenzó a ser publicada activamente en gran cantidad de países. No sólo eso: amén de la propia creación de Conan Doyle, se comenzaron a publicar obras apócrifas, en ocasiones adjudicadas al propio autor de La compañía blanca, y en otros casos sin citar autor alguno; países como Alemania o España vieron esas publicaciones a principios del siglo XX.

Además, pronto otros autores se hicieron eco del éxito del médico metido a escritor, y crearon otros personajes cuya simiente estaba indudablemente ligada al Rey de los Detectives. Sin ánimo de exaustividad, cabe destacar otros investigadores como sir Nayland Smith de Sax Rohmer -némesis del pérfido Fu Manchú, remedo a su vez del taimado Moriarty-, Harry Dickson de Jean Ray, Solar Pons de August Derleth o Jules de Grandin de Seabury Quinn, algunos de los cuales incursionaban no pocas veces en el área sobrenatural. Paralelamente a estos émulos holmesianos, otros autores también hicieron uso de la creación de Conan Doyle, en ocasiones de forma muy poco encubierta, como el Herlock Sholmes de Maurice Leblanc, y que concebiría para enfrentarlo a su propia creación, Arséne Lupin. Otros, en suma, ya emplearían directamente el personaje, con autorización o no de su creador (o sus herederos).

Mientras, el floreciente invento del cinematógrafo también habría de fijarse en nuestro personaje. A poco de iniciado el siglo XX, y cuando las obras para este arte aún en pañales habían de durar escasos minutos, no existía tiempo material para plasmar novela alguna, ni siquiera alguno de los muchos relatos. Así, la que es considerada primera película sobre la creación de Conan Doyle, Sherlock Holmes Baffled, fue rodada en 1900, esto es, aún en el siglo XIX, si bien no sería registrada oficialmente hasta el año 1903. En este pequeño gag de un minuto de duración y filmado en un soleado ático de Nueva York perteneciente a la American Mutuoscope and Biograph Company, Holmes es sorprendido por un caco que se introduce en su cuarto con el tópico saco al hombro, y al que habrá de hacer frente.

Nuevas cintas, aún titubeantes, seguirán presentando a nuestro personaje. De gran singularidad es Sherlock Holmes and the Great Murder Mystery, de 1908, pues aquí no se adapta historia alguna de Conan Doyle, sino de... Edgar Allan Poe. En efecto, se trata de una versión del relato "Los crímenes de la calle Morgue", en la cual el detective francés Auguste Dupin es reemplazado por el genio de Baker Street. Más misterios tendrán lugar durante la época del cine mudo, como en la danesa Sherlock Holmes i livesfare, del mismo año, donde nuestro héroe no sólo tendrá que vérselas con el habitual Moriarty, sino incluso con el ladrón Raffles, creación del cuñado de Doyle, Ernest W. Hornung.

Pronto surgirán gran cantidad de obras que adaptan tanto la obra de Conan Doyle como la famosa versión teatral de William Gillette, e importantes actores dan vida al genial detective, así Eille Norwood o Arthur Wontner en Inglaterra, o John Barrymore y Clive Brook en Estados Unidos, en especial. Una rareza, dentro de toda esta avalancha, supondrá el film norteamericano Estudio en rojo (A Study in Scarlet, 1933), de Edwin L. Marin, con Reginald Owen como Holmes y Warburton Gamble como Watson. Pese al título, no se trata de una adaptación de la novela de Conan Doyle, sino de una trama original debido al guionista (y también director) Robert Florey. ¿El argumento? Los miembros de una turbia organización van siendo asesinados de uno en uno según se describe en una canción infantil sobre "diez negritos". El lector, sin duda, exclamará: ¡Agatha Christie! Sin embargo, el libro de la célebre escritora fue publicado en 1939, seis años después del estreno de la película, por lo cual... En fin.

Otra rareza supondrá la alemana Sherlock Holmes (Der Mann, der Sherlock Holmes war), dirigida en 1937 por Karl Hartl, y protagonizada por las grandes estrellas del cine germano del momento Hans Albers y Heinz Rühmann, pero no como Sherlock Holmes y Watson, sino como sendos impostores. La celebridad de los personajes en Alemania era tal que ya incluso se efectuaban películas sobre gente que fingía ser ellos. Al final, los dos intrusos, sendos detectives de pacotilla, serán detenidos y juzgados por suplantar a los auténticos, hasta que al propio tribunal llegará el mismísimo Arthur Conan Doyle (Paul Bildt), que exculpará a los farsantes.

Sin lugar a dudas, la mayor celebridad es la que ostenta el ciclo de películas protagonizado por Basil Rathbone como Holmes y Nigel Bruce como Watson. En principio fue un díptico producido por la 20th Century Fox, y que adaptaba El perro de Baskerville y la socorrida obra teatral de Gillette; después, la productora cedió los derechos a la Universal, quien actualizó la época y rodó doce películas más. En algunas de ellas podía reconocerse remotamente la trama de alguno de los relatos de Conan Doyle, así, la primera de ellas, Sherlock Holmes and the Voice of Terror [tv/vd: Sherlock Holmes y la voz del terror, 1942], de Jack Rawlins, se inspira en "Su último saludo en el escenario"; sin embargo, muchas de ellas partían de guiones originales. Tras una primera etapa donde el enemigo se identificaba nada menos que con el III Reich -aburrida constante de la época-, después se le fue adjudicando enemigos más fascinantes, de no poca raigambre pulp, y de hecho las mejores aventuras de la saga son aquéllas que introducen tímidos conatos de cine de terror: La mujer araña [tv: Sherlock Holmes y la mujer araña] (Sherlock Holmes and the Spider Woman, 1944), de Roy William Neill (3), La garra escarlata [tv: Sherlock Holmes y la garra escarlata] (The Scarlett Claw, 1944), La casa del miedo [tv: Sherlock Holmes y la casa del terror] (The House of Fear, 1945) (4) y El caso de los dedos cortados [tv/vd/dvd: Sherlock Holmes y la mujer de verde (The Woman in Green, 1945).

Sin embargo, tras el abandono de Basil Rathbone, ya aburrido del personaje (también lo representaría en la radio o en algún cameo fílmico), no será hasta 1958 en el que regresa Sherlock Holmes, y su mejor personificación cinematográfica de todos los tiempos, al juicio del que suscribe: Peter Cushing, por medio de la versión Hammer de El perro de Baskerville dirigida por Terence Fisher. Lamentablemente, la película fue un fracaso, y ello imposibilitó la prosecución de todo un ciclo del personaje encarnado por Cushing.

Curiosamente, la siguiente película con el genio de Baker Street será personificada por el habitual colega de Cushing, Christopher Lee, y que en la previa había interpretado a sir Henry Baskerville. El collar de la muerte (Sherlock Holmes und das Halsband des Todes, 1962) fue una coproducción entre Alemania, Francia e Italia que se intentó vender internacionalmente, y para ello se buscaron diversos nombres de la Hammer: Lee como Holmes, Thorley Walters como Watson y Terence Fisher en la realización, y como guionista contaron con el escritor americano, originario de Alemania, Curt Siodmak, quien efectuó una historia original con ciertos puntos de contacto con El valle del miedo. Muy poco vista en décadas, ahora está disponible para nuevas generaciones en formato dvd, y podremos vislumbrar una de las mayores rarezas del personaje, que, como colofón, ofrece un comentario final sobre un nuevo enemigo al que ha de enfrentarse Holmes: Jack el Destripador.


Y precisamente, la siguiente aventura de Sherlock Holmes le encaró al destripador de Whitechapell. Estudio de terror (A Study in Terror/Sherlock Holmes grosster Fall) es una producción británica -con una tímida participación germana- rodada en 1965 por el discreto Jack Hill, pero que habrá de pasar a la historia, a pesar de esa limitación. En efecto, aquí disfrutamos del primer enfrentamiento en la pantalla entre Jack el Destripador y el mismísimo Sherlock Holmes. Estudio de terror dispone, ante todo, de un excelente guión magníficamente estructurado y en el que se acumulan los habituales apuntes que hacen la delicia de todo holmesiano, a pesar de la sencillez de su resolución final. Una hermosa y pastosa fotografía en color es otro de los alicientes que ayudan a ocultar la torpe realización de Hill, llena de zooms y una convencional planificación, pero que en más de una ocasión, y sobre todo en el excelente clímax, la lucha entre Sherlock y Jack, consigue ocultar lo obvio de la dirección e interesar al espectador. El magnífico reparto incluye a John Neville como Holmes, Donald Houston como Watson, un sublime Robert Morley como Mycroft (el hermano de Holmes), y no diremos quién interpreta al Destripador por desvelarse en los últimos minutos de la cinta.

Uno de los títulos más importantes de la filmografía holmesiana será La vida privada de Sherlock Holmes (The Private Life of Sherlock Holmes, 1970), en la cual su genial director, Billy Wilder, explora lo que el título insinúa, a partir de un guión escrito junto a su habitual I.A.L. Diamond. Se juega con la misoginia del personaje, y se sugiere, y al tiempo se derriba, una relación homosexual entre los dos personajes, se hace aparecer al monstruo del lago Ness, y tiene una participación importante Mycroft. Una magistral película, que, sin embargo, no debió gustar a los productores, que masacraron el resultante y alteraron su perfecto ritmo.


Tras alguna parodia sobre la cual será preferible correr un tupido velo, nuestro personaje regresará con una muy peculiar producción. Nicholas Meyer, curioso hombre que se inició en la literatura, publicó en 1975 una novela proponiendo una aventura "inédita" de Sherlock Holmes con Elemental, Dr. Freud (The Seven Per Cent Solution), sencilla y hábil obra en la cual enfrenta a Holmes con el padre del psicoanálisis. El éxito de ventas, e incluso de crítica, condujo a su correspondiente adaptación cinematográfica que contó con idénticos títulos original y español al año siguiente, y con dirección del antiguo coreógrafo Herbert Ross. El reparto fue de lujo pero poco espectacular, con Laurence Olivier como Moriarty, Alan Arkin como Sigmund Freud, Vanessa Redgrave como Irene Adler, un sorprendente Robert Duvall como Watson y el actor de teatro Nicol Williamson -posterior Merlín en la magistral Excalibur (Excalibur, 1981), de John Boorman- como Holmes. De igual modo, se contrató al propio Meyer para escribir el guión -ya había escrito el libreto de la espantosa Invasion of the Bee Girls [tv: La invasión de las chicas avispa;vd: La invasión de las abejas reina, 1973], de Dennis Sanders- y, sorprendentemente, el escritor varió totalmente la trama policial de la película, conservando los personajes y las relaciones que entre estos se establecen.

Mientras, alentado por el éxito de su libro, Meyer "descubre" al año siguiente otro manuscrito perdido de Watson y lo publica bajo el título de Horror en Londres (The West-End Horror), con mejores resultados que el primero, y donde hace aparecer -como sospechosos de asesinato- a George Bernard Shaw, Oscar Wilde y Bram Stoker. La intención era hacer una nueva película también a partir de este libro, pero curiosamente el film de Ross fue un relativo fracaso y el proyecto se frustra, para desesperación de todo amante de la novela y el personaje.

En 1978 tendremos otra obra esencial. Asesinato por decreto (Murder by Decree, 1978), de Bob Clark, ofrece un nuevo enfrentamiento entre el detective de Baker Street y el destripador de Whitechapel, pero esta vez, acorde con nuevos tiempos, más espectaculares, se alían conjuras masónicas, drogas alucinógenas y corrupción en el 10 de Downing Street. Como Holmes tenemos a un adecuado Christopher Plummer (pese a que inevitablemente parece imitar de continuo al incomparable Peter Cushing), y gozamos con el, a mi juicio, y como ya dije, mejor Watson de todos los tiempos, James Mason. Coproducción anglo-canadiense, entre las versiones para cada país hay sutiles diferencias de montaje, pequeñas pero evidentes, que no obstante permiten apreciar la intención de Clark, la cual no es otra que la de recrear la época victoriana desde el clásico look Hammer, con resultados halagüeños y hasta apasionantes, dados los tiempos espurios que corrían entonces y aún sufrimos.

Otro título que habría que citar, pese a sus muchas insuficiencias, es El secreto de la pirámide (Young Sherlock Holmes, 1986), de Barry Levinson, donde se explora la juventud de nuestro controvertido personaje, entrando en directa contradicción con lo preestablecido de antemano. Todo ello no sería despreciable, con todo, si no fuera por el contumaz infantilismo de la producción en sí, donde Levinson explora una trama con cierto interés con estilemas propios de una producción para niños, inserta una ridícula historia de amor y humor cretino, y lo mejor lo deja para el final de los créditos, por lo cual muchos espectadores serán inconscientes de ello.

Muy superior a ésta es otra producción presumiblemente más infantil, Basil, el ratón superdetective (Basil, the Great Mouse Detective, 1986), película en dibujos animados de la Disney servida por un impecable ritmo, una historia deliciosa y con algunos suculentos elementos para los paladares del más entusiasta seguidor holmesiano, en especial si se disfruta de la obligatoria versión original del film: los dos ratones detectives viven en un agujero del apartamento del 221B de Baker Street, y pueden escuchar a los mismísimos Holmes y Watson comentando sus casos: esa ocasión es aprovechada por los creadores del film para incluir en la banda sonora un extracto de un diálogo de Basil Rathbone de una de sus muchas películas. Por lo demás, el maquiavélico ratón al cual se enfrentarán nuestros héroes, Rattigan, no es sino un evidente émulo de Moriarty, y cuenta con la inigualable voz del gran Vincent Price en la versión original.

Y aún habremos de citar otra obra peculiar, como es Sin pistas (Without Clues, 1988). Su director fue Thom Eberhardt, quien en 1984 había dirigido La noche del cometa (The Night of the Comet), atroz film de ciencia-ficción y zombies que supone uno de los mayores engendros de la época, imposible de concebir para un equipo cinematográfico profesional. Ahora, sorprendentemente, con Sin pistas, aún sin alcanzar una obra maestra, consigue una obra fresca y viva, aunque justo es reconocer que el gran mérito deriva de sus intérpretes y de una trama un tanto original. El doctor Watson es un escritor afamado por sus narraciones ficticias de Sherlock Holmes; pero el éxito llega a tal punto que se le demanda que el sagaz detective sea presentado en sociedad, por lo cual habrá de buscar a un actor, un tal Reginald Kincaid, acabado y alcoholizado, amén de notoriamente idiota. Embarcados en una aventura, habrá de ser el inteligente Watson el que haya de sacar de problemas al torpe Holmes... Todo ello, brindado por unas prodigiosas interpretaciones de Ben Kingsley como Watson y, en especial, un Michael Caine en estado de gracia como Kincaid/Holmes, que conduce su(s) personaje(s) con una facilidad y espontaneidad encomiables. Sin duda, sin semejantes intérpretes el film sería muy inferior.

Una de las últimas aportaciones al mito proviene nada menos que de Brasil, en unión con Portugal, para brindar una adaptación al cine del decepcionante libro O xangô de Baker Street en 2001, a dirigir por Miguel Faria Jr. y que exhibe la peculiaridad de ofrecer como Sherlock Holmes a Joaquim de Almeida que, por descontado, tampoco brinda el físico adecuado.

TIMOTHY McVEIGH Y OKLAHOMA CITY

A las 9:02 a.m. del miércoles 19 de abril de 1995, en la calle frente al edificio Alfred P. Murrah federal building, un camión alquilado de la firma Ryder, con una carga de alrededor de 2.300 kg de explosivos caseros detonó. La bomba estaba compuesta de Nitrato Amónico mezclado con combustible y nitrometano, un combustible altamente volátil; a esta mezcla se le conoce comúnmente como ANFO (por sus siglas en inglés: Amonium Nitrate and Fuel Oil). Los efectos de la explosión se sintieron hasta en el Puente Creek, a una distancia de 48 Kilómetros.

90 minutos después de la explosión Timothy McVeigh, un veterano de la Guerra del Golfo, fue arrestado mientras viajaba hacia el norte fuera de Oklahoma City por conducir sin matrícula de circulación. En el juicio a McVeigh, el gobierno estadounidense declaró que la motivación del atentado fue vengar el Asedio de Waco y Ruby Ridge. En ambos casos, McVeigh culpaba a los agentes federales del Gobierno de las muertes violentas que allí se produjeron.

Hijo del obrero de la General Motors William McVeigh y la agente de viajes Mickey McVeigh, creció en el oeste del estado de Nueva York. Entre sus pasatiempos se encontraban la televisión, el cine, las historietas, el fútbol americano y el béisbol.

Precisamente, en 1978 mientras entrenaba con su equipo de béisbol, fue golpeado por otro joven mayor que él. Este incidente le hizo alimentar un gran odio contra todas las instituciones o personas que abusaran de los débiles.

En diciembre de 1979 los padres de McVeigh se separaron y dejaron que sus hijos decidieran con quién vivir. Jennifer y Patty se quedaron con su madre y Timothy con su padre.

McVeigh nunca sintió afecto por sus padres, pero sí por su abuelo paterno Ed McVeigh, con quien practicaba tiro con armas de fuego.

Tras tratar infructuosamente de recomponer su matrimonio, los padres de McVeigh se divorciaron definitivamente en 1986.

Después de graduarse de la escuela secundaria "Sweet Home" y estudiar con una beca, abandonó los estudios universitarios para trabajar, entre otras cosas como empleado de una hamburguesería y guardia de seguridad en Buffalo (NY).

En sus ratos libres leía libros por correo como Cabalgar, disparar con tino y decir la verdad, de Jeff Cooper y la novela ultraderechista de William Pierce "Los diarios de Turner", escrita en 1978, que narraba la historia de Earl Turner, un aficionado a las armas de fuego que, ante el endurecimiento de las leyes sobre posesión de armas, construye un camión-bomba y hace estallar las oficinas centrales del FBI en Washington.

Ante la posibilidad de que el Congreso de los Estados Unidos y las autoridades federales prohibieran la posesión de armas de fuego a la población civil, McVeigh ingresó en el ejército en mayo de 1988.

Entrenó primero en Fort Benning. En ese lugar trabó amistad con Terry Nichols, quien también detestaba al gobierno.

Posteriormente fue traspasado a Fort Riley, junto a Nichols y Michael Fortier, quien compartía las ideas políticas de McVeigh. Se dedicó con pasión a su carrera militar, al punto de tener un uniforme y botas extras para presentarse impecable a la inspección.

Después de obtener la mejor puntuación de su batallón (1000 puntos) en el entrenamiento con tanques Bradley, solicitó su ingreso en las Fuerzas Especiales o Boinas Verdes. Antes de poder presentarse al adiestramiento, el dictador iraquí Saddam Hussein invadió Kuwait y el grupo de McVeigh partió al Golfo Pérsico.

Llegó a Arabia Saudí en 1991. El 22 de febrero, durante la operación "Tormenta del Desierto", la división de tanques a la que pertenecía McVeigh avistó una trinchera iraquí de ametralladoras a más de un kilómetro y medio. Tras ordenársele abrir fuego, McVeigh hizo volar el cráneo de un soldado iraquí. Los horrores de la guerra le afectaron emocionalmente, sufriendo estrés postraumático.

En marzo de 1991 regresó a Estados Unidos para participar en el curso de selección y evaluación de los Boinas Verdes. El entrenamiento de 24 días era mucho más duro que el básico y McVeigh renunció a los dos días de haber empezado.

Fue condecorado por el gobierno por sus servicios en el Golfo Pérsico con la "Insignia de Combate" de la Infantería y la "Estrella de Bronce".

El 21 de agosto de 1992, en Ruby Ridge (ID), agentes del FBI protagonizaron un tiroteo con Randy Weaver, partidario de la segregación racial, por vender armas ilegalmente a un informante del gobierno. El resultado fue de tres muertos: la esposa de Weaver, su hijo y un policía.

En febrero de 1993, la ATF tomó por asalto la sede de la secta davidiana en Waco, Texas, para cumplir una orden judicial por venta ilegal de armas. Tras un tiroteo, cuatro agentes y seis davidianos murieron y varios otros resultaron heridos, entre ellos el líder de la secta, David Koresh. Los agentes se retiraron y los davidianos permanecieron en su sede. McVeigh decidió entonces viajar a Waco para presenciar los hechos, pero se le impidió el paso en un puesto de control.

Después de asistir a varias exposiciones de armas, viajó a la granja de su amigo Terry Nichols, en Decker, Míchigan. Allí se encontraba cuando, el 19 de abril de 1993, el cuartel de los davidianos fue incendiado por la policía. Murieron Koresh y 75 miembros de la secta. Este hecho fue decisivo en su vida y reafirmó su pensamiento antigubernamental.

En mayo de ese año se trasladó a Kingman, Arizona, para visitar a Michael Fortier.

En septiembre de 1994, McVeigh se enteró de que estaba a punto de aprobarse una ley que prohibiría a los civiles poseer armas de fuego. Después de esto, le confesó a Fortier que planeaba poner una bomba en un edificio federal del gobierno estadounidense y lo invitó a colaborar.

Pese a la negativa de Fortier, le explicó cada detalle del futuro ataque. McVeigh escogió como blanco el edificio Alfred P. Murrah, en Oklahoma y la fecha 19 de abril de 1995, el segundo aniversario de la tragedia de Waco.

McVeigh y Nichols robaron de una cantera en Marion, Kansas, 1.800 kilos de nitrato de amonio y varias cajas de Tovex altamente explosivas. Con éstos, el 16 de abril de 1995, fabricaron una furgoneta-bomba en la orilla del lago Geary, en Oklahoma. Previamente, McVeigh estacionó su medio de escape, un automóvil Mercury de color amarillo. En él puso un cartel para no remolcarlo y dentro un sobre con un escrito donde explicaba sus motivos para efectuar el atentado.

A Timothy McVeigh no le importaban las víctimas. Según él, aunque no eran culpables, trabajaban para un "Imperio del mal".

El 13 de junio de 1997, fue declarado culpable y condenado a muerte. Terry Lynn Nichols fue sentenciado a cadena perpetua por 160 cargos de homicidio. Michael Fortier fue condenado a 12 años de cárcel por no advertir al gobierno sobre el atentado.

McVeigh tuvo el número del Agencia Federal de Prisiones 12076-064.

El 11 de junio de 2001, fue ejecutado con la inyección letal en Terre Haute (Indiana).