viernes, 27 de enero de 2012

EL PAPA CLEMENTE Y SU PALMAR DE TROYA


La Iglesia palmariana fue establecida como grupo en 1975 por Clemente Domínguez y Gómez, que fue el fundador de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz o Iglesia Católica Palmariana, autoproclamado Papa (el "Papa Clemente") en 1978 con el nombre de Gregorio XVII, nombre de notable significado para el catolicismo más tradicionalista.

Domínguez Gómez había declarado tener visiones místicas, sufrir estigmas y recibir mensajes del Cielo durante años en el Palmar de Troya, Utrera, en relación con el fenómeno sociológico allí acontecido durante los últimos años de la década de 1960 y principios de la década de 1970. Durante un viaje en automóvil por la autopista Bilbao-Behovia, Domínguez sufrió un grave accidente que le hizo perder la vista el 29 de mayo de 1976.

Meses antes, Domínguez fue ordenado obispo, el 11 de enero de 1976, de modo válido, pero ilícito, según el Derecho Canónico, por el arzobispo vietnamita Ngo Dinh Thuc Pierre Martin. En 1978 afirmó haber tenido una visión sobrenatural que le ordenó autoproclamarse Papa, a la muerte de Pablo VI, en la cual Jesucristo le habría concedido el derecho de sucesión de éste a su muerte en agosto de 1978. Dicha visión condenó la "herejía", el modernismo (que a su vez había condenado Pío X) y el Comunismo, como ideologías que el Concilio Vaticano II habría aceptado, lo que le sitúa ideológicamente cercano al sedevacantismo, y al conclavismo. Encontrándose en Bogotá, Colombia, en agosto de 1978, se autoproclamó Papa. Inmediatamente, fue excomulgado por la Iglesia Católica. En ese mismo año, santificó a personajes del franquismo muertos años antes. Años después, excomulgó a Juan Pablo II y a Juan Carlos I, rey de España.

Catedral Basílica de Nuestra Madre del Palmar Coronada, sede central de la Iglesia Católica Palmariana, fundada por Clemente Domínguez.


Su juventud, según los propios palmarianos, tuvo "ciertas ataduras con las vanidades de la vida". Durante la década de los 90, fue acusado de abusos sexuales a algunos de los sacerdotes y monjas de su Orden. En 1997, Domínguez admitió tales abusos y pidió perdón por ellos. Falleció a los 58 años, durando su "papado" casi exactamente lo mismo que el Pontificado de Juan Pablo II. Murió apenas 11 días antes que éste. Según sus seguidores, Domínguez Gómez estaba destinado a ser el último Papa, y a ser crucificado y morir en Jerusalén, regresando a la Tierra bajo el nombre de Pedro II. Su sucesor, Manuel Alonso Corral, adoptó precisamente este nombre de Pedro II y, junto al Colegio de Cardenales de la Iglesia Católica Palmariana, canonizó a Clemente llamándole "Santo Papa Gregorio XVII, El Muy Grande".

Antes de que Clemente Domínguez anunciara su visión, los videntes en El Palmar de Troyahabían sido unas niñas. Las supuestas apariciones marianas, curaciones milagrosas y fenómenos paranormales empezaron en 1968 y se prolongaron hasta 1975, protagonizadas por cuatro niñas de 12 y 13 años que aseguraban haber visto a la Virgencerca de El Palmar de Troya. Esto ocasionó una gran afluencia de peregrinos al lugar. Los videntes contaban con muchos devotos mayormente desahuciados y la considerable ayuda de los sacerdotes diocesanos y regulares. Los demás videntes fueron desplazados posteriormente por Clemente, quedando como vidente principal del lugar.
El grupo alrededor de Domínguez y Gómez no se estableció inicialmente como iglesia separada, sino como una nueva orden religiosa, (Orden de los Carmelitas de la Santa Faz), inspirada por las supuestas apariciones y que se definía como “fiel al Papa Santo Pablo VI”. Con posterioridad esta Orden canónica pasó a honrar a dicho Papa como mártir.
La Orden afirmaba que el papa había sido secuestrado en el Vaticano por los cardenales que conspiraban contra él. Afirmaban además que estos cardenales le suministraban drogas alucinógenas con las que podían manejarlo a su antojo.
La Orden fue fundada por laicos, pero apoyada por un grupo de sacerdotes católicos, muchos de los cuales ejercieron como tales en la parroquia por muchos años. Una figura determinante en la obtención de las ordenaciones para los Carmelitas del Palmar de Troya fue el inversor católico suizo Maurice Revaz, que convenció al arzobispo vietnamita Ngo Dinh Thuc Pierre Martín de la autenticidad de las apariciones en Palmar de Troya. Creyendo el mensaje de los videntes, el arzobispo ordenó a dos de los miembros de la Orden, Domínguez, que pasó a llamarse Obispo Padre Fernando y Corral, que pasó a llamarse Obispo Padre Isidoro María y tres de los sacerdotes asociados al grupo sin permiso del Vaticano en 1976.Thuc y los cinco obispos que consagró fueron excomulgados posteriormente por el papa Pablo VI.
Thuc se desvinculó posteriormente de la Iglesia Católica Palmariana, preguntando a Pablo VI si podía ser perdonado y absuelto de sus penas canónicas, siendo finalmente perdonado.

En 1978Clemente Domínguez y Gómez instaló su propia Santa Sede en Sevillaya que declaró haber sido coronado papa místicamente por el propio Jesucristo en una visión y que era el único y legítimo sucesor de Pablo VI, haciéndose llamar desde ese momento Gregorio XVII y nombrando a continuación a sus propios cardenales y excomulgando posteriormente a Juan Pablo II por usurpador, apóstata, traidor antipapa y precursor del Anticristo. Por estas acciones el grupo anteriormente conocido como “Carmelitas de la Santa Faz” paso a ser la iglesia Católica Palmariana. Algunos de los católicos empezaron a considerar esta organización como hereje e ilegal y separada de la Iglesia Católica.

La Iglesia Palmarianaestimaba tener 60 sacerdotes, 70 monjas y 2.000 seguidores, teniendo capillas en Gran Bretaña y América Latina. Clemente declaró que la iglesia Católica estaba poseida por el anticristo y los comunistas. Posteriormente fue declarado el dogma de la Asunción Corporal de San José.





Financiación



 

Canonizados

Excomulgados

Papas de la Iglesia palmariana

A lo largo de su breve historia, en los sucesos del Palmar se han producido numerosas separaciones y escisiones. De los iniciales videntes pervive la "Orden de la Cruz Blanca", grupo de fieles y videntes fieles a la Iglesia Católica y la ortodoxia, a cuyo cuidado está el sacerdote Félix Arana, que desde el comienzo está separada de la organización cismática palmariana y se reúnen con toda sencillez y anonimato en los lugares de las primeras apariciones. Son fieles a la ortodoxia, alejados de focos mediáticos y en sus mensajes muy devotos del entonces Papa Juan Pablo II. Para muchos estudiosos, como el Catedrático José María Sánchez de Toca, las verdaderas apariciones y mensajes originales perviven sin contaminación en este grupo. En su página web están publicados los mensajes.
Existe también un grupo formado por obispos de la Iglesia CatólicaPalmariana independientes del grupo del Palmar de Troya, ubicados en Archidona. Este grupo rechaza a Pedro II y lo considera el Antipapa, puesto que fueron excomulgados y expulsados por éste debido a supuestos robos a la congregación.



jueves, 12 de enero de 2012

MAKES ME SMILE

MELANCOLÍA Y NOSTALGIA EN ESTE NUEVO AÑO...

LUISE RAINER, LA REBELDE

 
No conocía a esta actriz, pero estas fotos y su historia me despertaron curiosidad... ahí va su historia cuando hoy cumple 102 años.

Tenía 28 años y un contrato que la ataba a la Metro cuando se plantó ante el hombre más poderoso de Hollywood con un reclamo bien concreto: estaba harta de que el estudio sólo le confiara papeles en melodramas o en comedias triviales que no estaban a la altura de su prestigio: al fin, era la primera y única actriz que hasta ese momento había ganado el Oscar dos años seguidos, quería desarrollarse, ser madame Curie o la heroína de  Casa de muñecas  . Louis B. Mayer la amenazó: "Nosotros te hicimos; podemos matarte". Ella no se amilanó: "Fue Dios quien me hizo, señor Mayer, y estoy todavía en mis veinte; usted es un hombre viejo: cuando yo cumpla 40, ya estará muerto". La escena, claro, puso fin a la relación de Luis Rainer con Hollywood. Se fue a Broadway sin que le importara demasiado clausurar una carrera cinematográfica que había sido tan fulgurante: nunca había querido ser una estrella. Tampoco quería seguir desperdiciando su talento en papeles, como los de  Escuela dramática  (Robert Sinclair), la última película que filmó para la Metro en 1938, el mismo año de su discusión con Mayer. Sólo volvería al cine dos veces: una, en 1943, para  Hostages  , mediocre film de ambiente bélico producido por Paramount; la otra, cincuenta y cuatro años después, para una versión de  El jugador  , de Dostoievski, debida al húngaro Karoly Makk; allí le bastaban diez minutos para robarse la película como la abuela que saborea el placer de jugar a la ruleta por primera vez.

 Por algo ya era a los 19 años -había nacido en Düsseldorf el 12 de enero de 1910- la actriz más aplaudida del elenco de Max Reinhart. Allí la descubrió Clarence Brown, el director favorito de Greta Garbo, y se la llevó a Hollywood, donde firmó un contrato de siete años con MGM. Menuda, bonita y con una exquisitez expresiva que la distinguía entre las intérpretes de su época, entusiasmó a Irving Thalberg, que le dio su respaldo, aunque Mayer apenas soportaba el espíritu independiente y combativo de la chica. Su primer film norteamericano,  Escapade  (1935, titulado aquí  La mujer desnuda  ), no tuvo demasiado éxito. Pero en seguida le tocó encarnar en  El gran Ziegfeld  a la esposa del famoso empresario teatral y bastó una escena -su primer plano en el teléfono tratando de ocultar la pena mientras oye a su marido decirle que la abandona por otra- para consagrarla y darle el Oscar. Con  La buena tierra  , su tercer film, volvió a sorprender por la elaboración interior del personaje (una técnica que anticipaba el "método") y le arrebató el Oscar a la Camille de Greta Garbo, actriz a la que admiraba. Hollywood todavía lo recuerda. Ella también: hace pocos días revivió ésa y otras historias -por ejemplo, su amistad con Einstein, Chaplin, Henry Miller y Anaïs Nin o la invitación que Fellini le formuló para sumarse al elenco de  La dolce vita  -, ante un periodista que la visitó en su piso londinense de Belgravia.


 Supone que si Thalberg no hubiera muerto en 1936 su carrera habría sido más extensa y rica, pero no se arrepiente de haberse rebelado contra el  star system  . Lo que, sí, lamenta es haber donado hace años todos sus papeles -entre ellos la partitura de  Porgy  & Bess  que le regaló Gershwin- a la universidad de Boston. "No me imaginaba -dice- que iba a vivir tantos años."

"For my second and third pictures I won Academy Awards. Nothing worse could have happened to me.The Oscar is not a curse. The real curse is that once you have an Oscar they think you can do anything." (Por mi segunda y tercera películas gané el premio de la Academia. Nada peor pudo pasarme. El Óscar no es una maldición. La verdadera maldición es que una vez ganado el Oscar piensan que uno puedo hacer de todo).

domingo, 1 de enero de 2012

HERZOG Y KINSKI


En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".

En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".
En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".


Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.

Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa.

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.

En la efervescente década del sesenta, el cineasta alemán Werner Herzog (1942) debutó con su opera prima llamada Signos de vida (Lebenszeichen, 1968); en ella narra la historia de un afligido soldado alemán, quien cae en una desenfrenada demencia. La elección de la temática y del tipo de personaje no fue arbitraria, al contrario, desde el inicio de su carrera cinematográfica, la desmesura y el exceso serán una constante; al igual que sus personajes. Seres marginales, sufridos y antihéroes, formarán parte de su universo y estilo cinematográfico. "Quedan muy pocas imágenes libres -dijo Herzog-. Todo está construido; las imágenes son casi imposibles. Veo algo en el horizonte que la mayoría de la gente no ha visto aún; busco plantas que no existen y paisajes que se sueñan. A menudo, por supuesto, esto entraña riesgos que yo no dejaría de aceptar. Ya no es fácil encontrar imágenes puras y transparentes en este planeta".

Esa búsqueda hacia nuevos horizontes lo llevó a construir un mundo formado por desenfrenos y excentricidades. La idea de ir más allá de los límites previstos en un rodaje fue uno de sus objetivos. Será precisamente por ese camino, que sus personajes tradujeron esa misma pasión hasta lidiar con el cinismo y la locura.

Durante su juventud, Herzog conoció al actor alemán Klaus Kinski (1926-1991), de quien supo de inmediato que sería capaz de interpretar sus fantasías, sus caprichos y excentricidades. Kinski no sólo era tan apasionado y desmesurado como él, sino que era un ser cólerico, egomaníaco, incisivo, adicto al sexo, pasional hasta el paroxismo, talentoso y obsesivo. Un hombre que, debido a sus exabruptos, se pedía a sí mismo clemencia. Pero también fue una persona capaz de amar a sus hijos y a la naturaleza hasta la exaltación.

A pesar y, gracias, a la volcánicas personalidades de ambos, la funcionalidad del tándem Herzog-Kinski demostró su éxito a lo largo de cinco films compartidos, los cuales lanzaron internacionalmente la carrera profesional de ambos.

El comienzo de su relación laboral fue a partir de Aguirre: la ira de Dios (1972), donde Kinski interpretó a un megalómano conquistador español, que en busca de oro se aventuró hacia tierras peruanas sin que nada ni nadie se lo impidiera. Las condiciones del rodaje fueron tan adversas como la experiencia de trabajar juntos. Años más tarde, Kinski en su libro biográfico Yo necesito amor lo relata de esta manera:

"Con toda la armadura puesta, me caigo en un charco pantanoso; intento liberar mi cuerpo del fango, pero me hundo cada vez más. Grito, inflamado de furia ciega:
─ ¡Yo me largo! ¡Aunque tenga que remar hasta el Océano Atlántico!
─ Si te largas, acabo contigo -dice ese calzonazos de Herzog, con cara de susto debido al riesgo que está corriendo.
─ ¿Cómo vas a acabar conmigo, bocanazas? ─le pregunto, con la esperanza de que me ataque y así pueda matarlo en defensa propia.
─ Te voy a disparar ─balbucea como un paralítico con el cerebro reblandecido─. Ocho balas para ti, y la última para mí.

El rodaje continó, y la ira de Kinski también. Así se refería a Herzog: "Es un individuo miserable, se me pega como una mosca cojonera, rencoroso, envidioso, apestoso a ambición y codicia, maligno, sádico, traidor, chantajista, cobarde y un farsante de la cabeza a los pies. Su supuesto ‘talento' consiste únicamente en torturar criaturas indefensas y, si hace falta, matarlas de cansancio o asesinarlas. Nadie ni nada le interesa, a excepción de su penosa carrera de supuesto cineasta. Impulsado por un ansia patológica de causar sensación, provoca él mismo las más absurdas dificultades y peligros y pone en juego la seguridad e incluso la vida de otros, sólo para después poder decir que él, Herzog, ha domeñado fuerzas aparentemente insuperables. Para sus películas echa mano de personas poco desarrolladas mentalmente y de diletantes, a los que puede manejar a su antojo (¡y, supuestamente, hipnotizar!), y a los que paga un salario de hambre, y eso si les paga. El resto son tullidos y abortos de todo tipo, a fin de parecer interesante. No tiene la menor idea de cómo se hace una película. Ya ni intenta darme instrucciones. Hace tiempo que ha renunciado a preguntarme si estoy dispuesto a llevar a cabo sus aburridas chorradas, ya que le tengo prohibido hablar".

Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.


Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa. 

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.
Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.

Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa.

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.
Según Werner Herzog, estos insultos fueron una maniobra publicitaria planeada por ambos. Tal vez lo fue, tal vez no.

A pesar de aquella experiencia, el segundo proyecto compartido fue una versión más libre de Drácula de Brian Stoker, llamado Nosferatu, el vampiro (1979). El film logró el merecido homenaje al maestro F. W. Murnau y reflejó la versatilidad de un Kinski que volvió a brillar en su caracterización romántica y tenebrosa del vampiro.

El tercer encuentro los lleva a filmar Woyzeck (1979) basada en una novela expresionista alemana, donde Kinski interpreta a un infeliz soldado continuamente humillado y sometido por sus superiores. Esa frustración lo llevará a sucumbir en una tragedia de locura y sangre.

Su próxima película los regresa, nuevamente, a Perú, a enfrentar el megaproyecto de Herzog, Fitzcarraldo (1982). El film narra la historia de Brian Sweeney Fitzgerald (Kinski), un excéntrico amante de la ópera del siglo XIX, que desea llevar la música de Enrico Caruso a los indígenas peruanos, empujando un barco de vapor por sobre una montaña que dividía dos ríos. El film resultó ser una proeza ambiciosa cargada de conflictos y tragedias durante el rodaje, que desgastó la relación entre el director y actor, y llevó a Herzog a sufrir una grave crisis nerviosa.

Su última y más turbulenta colaboración fue en el film Cobra verde (1987) donde Kinski personifica a un aventurero, Francisco Manoel Da Silva, traficante de esclavos; un hombre consumido por sus sueños y azorado por la vida que lo rodea. El más pobre entre los pobres, que consiguió convertirse en el comerciante de esclavos más importante de Brasil. Durante el rodaje, Kinski golpeó a Herzog y abandonó la filmación sin haber concluido la película. Dicho episodio dio fin a su relación de tantos años.

El repaso por la obra de Herzog es el repaso de la carrera actoral de Kinski como si fueran dos caras de una misma moneda. El fruto de una simbiosis, que pareciera indisoluble. Si bien, la categoría de actor fetiche funciona, generalmente, como el alter ego del director, en esta dupla no responde a esa premisa, más bien resulta ser un encuentro empático. Dos excentricidades frente a frente, que se admiraban y duplicaron sus egos hasta llegar a desvanecer el límite entre el amor y el odio.

¿La genialidad de un director puede estar potenciada, y amparada, por el desempeño de un actor, y viceversa? Podríamos pensar en voz alta quién fue fetiche de quién. Si bien sabemos que el convocado fue Kinski, también es cierto que ambos han visto beneficiadas sus carreras. Entonces, si el fetichismo, como definición, es una adulación hacia un objeto o hacia un ser, en este caso la devoción implica una declarada admiración hacia otro, que también puede ser recíproca, correspondida.

El fetichismo deposita la fe en el otro con cierta religiosidad. De ahí, su grado de continuidad y perseverancia. Toda relación fetichista va en busca de un beneficio, a partir del objeto admirado y utilizado como tal, a cambio de fidelidad y compromiso. En la relación entre un ser y su fetiche hay un intercambio de intereses. Un beneficio que puede llegar al usufructo del otro. Asimismo, el paso del tiempo, en una larga relación de fetichismo, sufre un desgaste que termina por separarlos. Tal fue el caso entre Herzog-Kinski.

Luego de ochos años de la muerte de Klaus Kinski, el director alemán realizó un documental a modo de homenaje, bajo el paradójico y comercial título Mi enemigo íntimo (Mein Liebster Feind, 1999). En él afirma que llegaron a amenazarse de muerte en varias ocasiones pero que, sin embargo, "nos respetábamos, incluso cuando queríamos matarnos"; también dijo: "A cada cana que tengo en mi cabeza la llamo Kinski". El documental se remite al inicio de la relación de ambos, cuando en la década del cincuenta el director compartía un departamento con el actor. En un arrebato de fuerza desatada, Klaus podía destrozar el mobiliario del apartamento sin causa aparente. Esa extraña personalidad del actor fascinó a Werner y devino en una fuerte amistad que con el paso de los años se convertiría en una difícil relación.

Herzog, a lo largo de su filmografía, dio muestras de una concepción poética de la belleza, del tiempo y de la naturaleza que ha conjugado con una grandiosidad única y que sólo un actor como Kinski pudo traducir. Ambos supieron ensamblar su concepción del arte y del cine, dejando un singular legado en la cinematografía alemana.
Por Marcela Barbaro

miércoles, 23 de noviembre de 2011

LA GUERRA DE LOS HUESOS


Durante un cierto tiempo, Cope y Marsh fueron amigos. Se habían conocido en Berlín en 1864 y pasaron unos cuantos días juntos como pareja. Incluso nombraron especies en honor mutuo. Sin embargo, sus relaciones empeoraron a medida que pasaba el tiempo, debido en parte al carácter temperamental de ambos. Cope era conocido por ser beligerante y tenía un temperamento irascible; Marsh era más lento, más metódico e introvertido. Ambos eran pendencieros y desconfiados. Sus diferencias también llegaron al plano científico: Cope era un firme defensor del neolamarckismo, mientras que Marsh apoyaba la teoría de Charles Darwin de evolución por selección natural. Incluso cuando eran amigos, tenían una tendencia a despreciarse sutilmente. Como explicaba un observador: "El patricio Edward podría haber considerado que Marsh no era exactamente un caballero. El académico Othniel probablemente consideraba a Cope como no muy profesional".

Cope y Marsh tenían orígenes muy diferentes. Cope nació en el seno de una familia cuáquera, rica e influyente, de Filadelfia. Aunque su padre quería que Cope trabajara de granjero, este se distinguió como naturalista. En 1864, Cope se convirtió en profesor de zoología en el Haverford College y se unió a Ferdinand Hayden en sus expediciones en el oeste. Marsh, hijo de una familia de pocos medios de Lockport, Nueva York, habría crecido en la pobreza de no haber sido por la ayuda de su tío, el filántropo George Peabody. Marsh convenció a su tío para que construyera el Museo Peabody de Historia Natural, y consiguió el cargo de director del museo. Eso, junto con la herencia que recibió de Peabody cuando este murió en 1869, hizo posible que Marsh disfrutara de una cómoda posición financiera aunque, debido en parte a la visión estricta que tenía su tío del matrimonio, Marsh permaneció soltero toda la vida.

En una ocasión, los dos científicos se habían marchado a una expedición de recolección de fósiles en los pozos de marga de Cope en Nueva Jersey, donde William Parker Foulke había descubierto el holotipo del dinosaurio Hadrosaurus foulkii, descrito por el paleontólogo Joseph Leidy; este fue uno de los primeros descubrimientos de dinosaurios en Estados Unidos y los pozos todavía eran ricos en fósiles. Aunque los dos fueron amigablemente, Marsh sobornó en secreto a los operadores de los pozos para que le llevaran los fósiles que descubrían a él en lugar de a Cope. Los dos empezaron a atacarse mutuamente en documentos y publicaciones y su relación personal empeoró. Marsh humilló a Cope indicando que su reconstrucción del plesiosaurio Elasmosaurus era defectuosa, con la cabeza emplazada donde tendría que ir la cola. Cope, a su vez, empezó a buscar en lo que Marsh consideraba su terreno privado de caza de huesos (Kansas y Wyoming), empeorando su relación.

En la década de 1870, la atención profesional de Cope y Marsh se vio atraída por el oeste estadounidense debido a noticias de grandes descubrimientos de fósiles. Utilizando su influencia en Washington, Cope consiguió un puesto en el Servicio Geológico de los Estados Unidos a las órdenes de Ferdinand Hayden. Aunque el puesto no estaba remunerado, ofrecía a Cope una gran oportunidad para recoger fósiles en el oeste y publicar sus hallazgos. El talento de Cope para escribir de manera dramática complacía a Hayden, que necesitaba causar una impresión popular con los informes oficiales del Servicio. En junio de 1872, Cope marchó en su primer viaje, planeando observar las capas fosilíferas del Eoceno de Wyoming por sí mismo. Eso provocó un distanciamiento entre Cope, Hayden y Leidy. Era Leidy quien había recibido gran parte de los fósiles de las colecciones de Hayden hasta que Cope entró en el Servicio y ahora Cope se encontraba buscando fósiles en el territorio marcado por Leidy a la vez que el propio Leidy.9 Hayden intentó aliviar la tensión con Leidy mediante una carta:

Le pedí que no fuera a aquel campo donde usted iba. Él se burló de la idea de estar limitado a cualquier localidad y dijo que pensaba ir, tanto si lo ayudaba o no. Yo estaba angustiado por asegurarme la cooperación de tal trabajador como un honor para mi equipo. No podía responsabilizarme del campo que escogiera, ya que no le pago ningún salario y solo una parte de sus gastos. Por lo tanto, verá que, aunque no es algo placentero trabajar compitiendo con otros, parece casi una necesidad. Compréndalo.

Cope se llevó a su familia consigo hasta Denver, mientras Hayden intentaba evitar que Cope y Leidy hicieran prospecciones en la misma zona. Siguiendo una pista dada por el geólogo Fielding Bradford Meek, Cope también pensaba investigar informes de huesos que Meek había encontrado cerca de la estación de Black Buttes y la línea férrea. Cope encontró el lugar y los restos esqueléticos de un dinosaurio que llamó Agathaumas sylvestris. Creyendo que contaba con el pleno apoyo de Hayden y el Servicio, Cope viajó a Fort Bridger en junio, descubriendo que no estaban los hombres, los vagones, los caballos y el equipamiento que esperaba encontrar allí. Cope reunió un equipo de su propio bolsillo, que consistía de dos carreteros, un cocinero y un guía, junto con tres hombres de Chicago que estaban interesados en estudiar con él. Finalmente, resultó que dos de los hombres de Cope eran empleados de Marsh. Cuando el paleontólogo rival descubrió que sus hombres estaban aceptando dinero de Cope, enfureció. Aunque estos intentaron asegurar a Marsh que todavía eran sus hombres (uno de ellos sugirió que aceptó el trabajo para alejar a Cope de los fósiles buenos), la pereza de Marsh a la hora de pedir acuerdos en firme y de hacer pagos podría haberlos incitado a buscar otro trabajo. El viaje de Cope llevó a la expedición por paisajes agrestes que solo Hayden había reconocido y descubrió decenas de nuevas especies. Mientras tanto, uno de los hombres de Marsh envió una parte de su material a Cope por equivocación. Cuando recibió los fósiles, Cope los devolvió a Marsh, pero este incidente dañó todavía más su relación.

En 1872 se abandonó cualquier pretensión de cordialidad entre los dos y en la primavera de 1873 empezaron las hostilidades abiertas. Al mismo tiempo, Leidy, Cope y Marsh estaban haciendo grandes descubrimientos de reptiles y mamíferos prehistóricos en las capas fosilíferas del oeste. Los paleontólogos tenían la costumbre de enviar telegramas al Este escritos apresuradamente para describir sus hallazgos y solo publicaban descripciones más completas cuando volvían del viaje. Entre los nuevos ejemplares descritos se encontraban Uintatherium, Loxolophodon, Eobasileus, Dinoceras y Tinoceras. El problema es que muchos de estos hallazgos no eran diferentes de los demás; de hecho, Cope y Marsh sabían que algunos de los fósiles que recogían ya habían sido descubiertos por los otros. Finalmente, se vio que muchos de los nombres de Marsh eran válidos, mientras que ninguno de los de Cope lo era. Marsh también situó las nuevas especies dentro de un nuevo orden de mamíferos, Cinocerea. Cope quedó humillado e incapaz de detener los cambios de su rival. En cambio, publicó un estudio analítico de gran alcance donde proponía un nuevo modelo de clasificación para los mamíferos del Eoceno, donde descartaba los géneros de Marsh en favor de los suyos. Marsh no cedió en absoluto y continuó afirmando que todos los nombres que Cope propuso para los dinoceratos eran incorrectos.

 Marsh (en el centro de la fila trasera), rodeado por ayudantes armados. Marsh no pasaba mucho tiempo en el campo, y solía delegar esta tarea en sus agentes.

Mientras los científicos discutían sobre la clasificación y la nomenclatura, también volvieron al oeste en busca de más fósiles. Marsh hizo su último viaje patrocinado por Yale en 1873, con un gran grupo de trece estudiantes y protegido por un grupo de soldados que querían hacer una demostración de fuerza a la tribu de los siux. A causa de las preocupaciones sobre sus expediciones más lujosas y caras de años anteriores, Marsh hizo que los estudiantes se pagaran sus propios gastos y el viaje solo le costó a Yale 1857,50 $, una cifra muy inferior a los 15 000 $ (más de 200 000 $ en el valor actual) que Marsh había pedido para la expedición anterior. Esta expedición sería la última de Marsh; durante el resto de la Guerra de los Huesos, Marsh prefirió contratar recolectores locales. Aunque tenía bastantes huesos como para estar años estudiándolos, el apetito del científico por más huesos crecería. La recolección de huesos por parte de Cope fue incluso más prolífica que la de 1872, aunque la tendencia de Marsh de contratar recolectores propios significaba que su rival era persona non grata en Bridger. Cansado de trabajar a las órdenes de Hayden, Cope consiguió un trabajo pagado con el Cuerpo de Ingenieros, pero vio sus acciones limitadas por esta entidad federal; mientras que Cope tenía que seguir con las prospecciones, Marsh podía buscar allí donde quisiera.

A mediados de la década de 1870, la atención de los dos científicos se dirigió hacia Dakota del Sur, donde el descubrimiento de oro en las Black Hills aumentó las tensiones entre los nativos americanos y los Estados Unidos. Marsh, que deseaba los fósiles que se encontraban en aquella región, se vio envuelto en las políticas ejército-indios. Con el objetivo de ganarse el apoyo del jefe Nube Roja de los siux para poder hacer prospecciones, Marsh prometió pagar a Nube Roja por los fósiles encontrados y volver a Washington a hacer presión allí en su favor en lo referente al trato inadecuado que recibían. Finalmente, Marsh se escabulló del campamento y, según su propio relato (posiblemente embellecido), acumuló vagones llenos de fósiles y se retiró justo antes de que llegara un grupo hostil de miniconjous. Sí que intercedió en nombre de Nube Roja ante del Departamento del Interior y la administración, pero su intención podría haber sido ganarse una reputación frente a la administración impopular de Ulysses S. Grant. En 1875, tanto Cope como Marsh hicieron una pausa en sus recolecciones, ya que sentían la presión financiera y la necesidad de catalogar sus hallazgos acumulados, pero nuevos descubrimientos los harían volver al oeste antes del final de la década.

En 1877, Marsh recibió una carta de Arthur Lakes, un profesor de escuela de Golden (Colorado), en la que le informaba de un descubrimiento. Lakes, haciendo senderismo en unas montañas cercanas a Morrison (Colorado) con un amigo, H. C. Beckwith, había descubierto unos huesos enormes incrustados en las rocas. Lakes describió en su carta que los huesos eran "aparentemente una vértebra y un húmero de algún saurio gigantesco". Mientras esperaba la respuesta de Marsh, Lakes desenterró más huesos "colosales" y los envió a New Haven. Como Marsh tardaba en responder, Lakes también envió una remesa de huesos a Cope.

Cuando Marsh respondió a Lakes, pagó 100 dólares al prospector, instándolo a guardar secreto sobre los hallazgos. Tras enterarse de que Lakes había tenido correspondencia con Cope, envió a Morrison a Benjamin Mudge, su colector de campo, para obtener los servicios de Lakes. Al mismo tiempo, Marsh publicó una descripción de los descubrimientos de Lakes en el American Journal of Science del 1 de julio y antes de que Cope pudiera publicar su propia interpretación de los hallazgos, Lakes le escribió para decirle que los huesos serían entregados a Marsh, algo que resultaba un grave insulto para Cope.

Una segunda carta llegó del oeste, esta vez dirigida a Cope. O. W. Lucas era un naturalista que se encontraba recogiendo plantas cerca de Cañon City (Colorado), cuando descubrió un conjunto de huesos fósiles. Después de recibir más muestras de Lucas, Cope concluyó que los dinosaurios eran herbívoros grandes, remarcando alegremente que el espécimen era mayor que cualquier otro descrito hasta entonces, incluyendo el descubrimiento de Lakes. Marsh se enteró de los descubrimientos de Lucas y ordenó a Mudge y a un antiguo estudiante, Samuel Wendell Williston, que establecieran una cantera cerca de Cañon City de su parte. Desgraciadamente para Marsh, se enteró por medio de Williston de que Lucas estaba encontrando los mejores huesos y había rechazado abandonar a Cope con tal de trabajar para él. Marsh hizo regresar a Williston hacia Morrison, donde la pequeña cantera de Marsh se hundió y casi mató a sus ayudantes. Este obstáculo habría puesto fin al suministro de huesos procedentes del oeste para Marsh si no hubiera sido por una tercera carta, dirigida a él.

En la época de los descubrimientos de Lakes, se estaba construyendo el Ferrocarril Transcontinental en una zona remota de Wyoming. La carta de Marsh era de dos hombres que se identificaban como Harlow y Edwards (sus nombres reales eran Carlin y Reed), trabajadores de la Union Pacific Railroad. Los dos hombres afirmaban haber descubierto grandes cantidades de fósiles en Como Bluff y le avisaban de que había otras personas en la zona "que buscaban estas cosas", algo que Marsh interpretó como una referencia a Cope. Marsh envió a Williston, quien acababa de llegar exhausto a Kansas tras el derrumbe de la cantera de Morrison, a Como Bluff. Su antiguo estudiante le envió un mensaje, confirmándole la veracidad tanto de las grandes cantidades de huesos como de la presencia de hombres de Cope por la zona. Temiendo repetir los mismos errores que había cometido con Lakes, Marsh envió rápidamente dinero a los dos nuevos cazadores de huesos y les instó a enviarle fósiles adicionales. Williston consiguió un acuerdo preliminar con Carlin y Reed, que no habían podido cobrar el cheque de Marsh ya que estaba escrito a nombre de sus seudónimos, pero Carlin decidió ir a New Haven para tratar directamente con Marsh. Este último redactó un contrato que incluía un pago mensual fijo, con la posibilidad de primas adicionales para Carlin y Reed, según la importancia de los descubrimientos. Marsh también se reservó el derecho de enviar a sus propios "superintendentes" para supervisar las excavaciones, si era necesario, y aconsejó a los hombres que intentaran mantener a Cope fuera de la región. Pese a que mantuvieron una reunión cara a cara, Carlin no consiguió obtener mejores condiciones de Marsh. El paleontólogo consiguió que Carlin y Reed trabajaran bajo los términos fijados, pero quedaron sembradas semillas de discordia y rencor en el ánimo de los cazadores de huesos, ya que sentían que Marsh les había coaccionado para aceptar el trato. La inversión de Marsh en la región de Como Bluff pronto dio buenos resultados. Mientras que los recolectores de Marsh volvieron al Este para pasar el invierno, Reed envió vagones de fósiles por vía férrea a Marsh durante todo 1877. En la edición de diciembre de 1877 de la revista American Journal of Science, Marsh describió y dio nombre a dinosaurios como Stegosaurus, Allosaurus o Diplodocus.

A pesar de las precauciones de Marsh para evitar que su rival supiera de los ricos yacimientos de Como Bluff, pronto se extendieron los rumores sobre los descubrimientos. Carlin y Reed estuvieron implicados en la expansión de estos rumores, filtrando información al Laramie Daily Sentinel, que publicó un artículo sobre los hallazgos en abril de 1878. El artículo exageró el precio que Marsh había pagado por los huesos enviados al Este, posiblemente para aumentar el precio y la demanda de más huesos. Marsh, intentando encubrir la filtración, se enteró por mediación de Williston de que Carlin y Reed habían mantenido contactos con un hombre, que trabajaba para Cope, con el nombre de "Haines". Cope había tenido noticia de los descubrimientos de Como Bluff y había enviado "ladrones de dinosaurios" a la zona, en un intento de robar discretamente fósiles en la zona de Marsh. En enero de 1878, el descontento por la infrecuencia de los pagos por parte de Marsh aumentó y Carlin empezó a trabajar para Cope.

Cope y Marsh utilizaban su propio patrimonio para financiar expediciones cada verano, por lo que pasaban el invierno publicando sus descubrimientos. Pronto, pequeños ejércitos de cazadores de fósiles en vagones tirados por mulas o en trenes se encontraban enviando toneladas de fósiles hacia el este. Los equipos de Marsh eran los más extravagantes; tenía un equipo de como mínimo cinco trabajadores que lo asistían en las ocasiones en que se desplazaba él mismo al oeste. Cope, por otra parte, tenía bastante con dos compañeros, un cocinero y un guía. Las excavaciones paleontológicas duraron quince años, de 1877 a 1892. Tanto los trabajadores de Cope como los de Marsh sufrieron dificultades relacionadas con el tiempo, así como sabotajes y obstáculos provocados por los asalariados del rival. Reed vio como su acceso a la estación de tren de Como quedaba bloqueado por Carlin y tuvo que transportar los huesos risco abajo y colocar los especímenes en el andén bajo un intenso frío. Cope ordenó a Carlin que construyera su propia cantera en Como Bluff, mientras que Marsh envió a Reed a espiar a su antiguo amigo. Cuando la cantera n.º 4 de Reed se agotó, Marsh ordenó a Reed que retirara los fragmentos de huesos del resto de canteras. Reed informó de que había destruido todos los huesos restantes para evitar que cayeran en manos de Cope. Preocupado por la posibilidad de que forasteros estuvieran penetrando dentro de los límites de las canteras de Reed, Marsh envió a Lakes a Como para que prestara ayuda en las excavaciones y en junio de 1879 él mismo visitó Como. Cope también hizo una gira por sus canteras en agosto. Aunque los hombres de Marsh continuaban abriendo nuevas canteras y descubriendo más fósiles, las relaciones entre Lakes y Reed empeoraron y ambos dimitieron en agosto. Marsh intentó calmarlos enviándolos a los extremos opuestos de las canteras, pero tras verse obligado a abandonar una cantera en medio de una ventisca glacial, Lakes presentó su dimisión y regresó a su puesto en la enseñanza en 1880. La marcha de Lakes no alivió las tensiones entre los hombres de Marsh; el sustituto de Lakes, un hombre del mundo del ferrocarril llamado Kennedy, creía que no tenía que rendir cuentas a Reed y las disputas entre ambos hicieron que el resto de trabajadores de Marsh abandonaran. Marsh intentó separar a Kennedy y a Reed, y envió a Como al hermano de Samuel Williston, Frank, en un intento de mantener la paz. Frank Williston acabó dejando el trabajo de Marsh y se fue a vivir con Carlin. Las excavaciones de Cope en Como empezaron a decaer y los sustitutos de Carlin pronto abandonaron el trabajo.

A medida que progresaba la década de 1880, los hombres de Cope y Marsh hubieron de enfrentarse a una dura competencia por parte del otro bando así como de terceros también interesados en los huesos. El profesor Alexander Emanuel Agassiz de Harvard envió a sus propios representantes al oeste, mientras que Carlin y Frank fundaron una empresa de venta de huesos para vender los fósiles al mejor postor. Reed se marchó y comenzó a trabajar como pastor de ovejas en 1884 y las canteras de Marsh en Como produjeron poco material tras su marcha. A pesar de estos obstáculos, en aquel momento Marsh tenía más canteras en funcionamiento que Cope; Cope, que al principio de la década de 1880 tenía más huesos de los que podía meter en una casa, había quedado rezagado en la carrera por los dinosaurios.

Los descubrimientos de Cope y Marsh se vieron acompañados por acusaciones provocadoras de espionaje, sobornos y robo de trabajadores y fósiles. Ambos eran tan protectores con sus yacimientos que destruían fósiles pequeños o dañados para evitar que cayeran en manos de su rival, o llenaban las excavaciones con tierra y roca. En una ocasión, cuando supervisaba sus canteras de Como en 1879, Marsh examinó hallazgos recientes y marcó algunos para destruir. Asimismo, en una ocasión los equipos rivales de los científicos se pelearon a pedradas.

Al mismo tiempo que Cope y Marsh competían por fósiles en el oeste americano, también hacían todo lo posible por arruinar la credibilidad profesional del contrario. Humillado por su error a la hora de reconstruir el plesiosauro Elasmosaurus, Cope intentó encubrir su equivocación comprando cada copia que podía de la revista en que fue publicada la reconstrucción. Marsh, el primero en señalar el error, se aseguró de hacer pública la historia. La rápida y prodigiosa producción de Cope de artículos científicos significaba que Marsh no tenía ninguna dificultad en encontrar errores ocasionales con los que atacar a Cope. Marsh no era en absoluto infalible; puso un cráneo equivocado en un esqueleto de Apatosaurus y lo describió como un nuevo género, Brontosaurus.

A finales de la década de 1880, la atención pública por la competición entre Cope y Marsh se desvaneció, más atraída por los asuntos internacionales que por el "Salvaje Oeste". Gracias a John Wesley Powell, cabeza del Servicio Geológico de los Estados Unidos, y a los contactos de Marsh con los ricos y poderosos de Washington, Marsh fue puesto al frente de un servicio gubernamental consolidado y se mostró satisfecho por salir del centro de atención sensacionalista. Cope se encontraba en una situación bastante peor, habiendo gastado gran parte de su dinero comprando The American Naturalist y tenía dificultades para encontrar trabajo, debido en parte a su temperamento, así como a los aliados de Marsh en el ámbito de la educación superior. Cope empezó a invertir en prospecciones de oro y plata en el oeste, enfrentándose a los mosquitos de la malaria y a un clima duro con el objetivo de buscar fósiles él mismo. A causa de problemas en la minería y una falta de apoyo por parte del gobierno federal, la situación financiera de Cope se fue deteriorando sin cesar, hasta el punto de que su colección de fósiles se convirtió en su única posesión significativa. Marsh, mientras tanto, se ganó la antipatía incluso de sus ayudantes leales, incluyendo a Williston, con su rechazo a compartir las conclusiones que había obtenido de sus hallazgos y sus constantes retrasos en los pagos.

La oportunidad de Cope de aprovecharse de la vulnerabilidad de Marsh vino en 1884, cuando el Congreso de los Estados Unidos empezó a investigar el funcionamiento del servicio geológico. Cope se había hecho amigo de Henry Fairfield Osborn, por aquel entonces profesor de anatomía en la Universidad de Princeton. Osborn era como Marsh en muchos aspectos, lento y metódico, pero demostraría tener una influencia perjudicial sobre Marsh. Cope buscó trabajadores descontentos que alzaran la voz contra Powell y el Servicio. Por el momento, Powell y Marsh serían capaces de refutar con éxito las acusaciones de Cope y sus alegaciones no llegaron a oídos de la prensa de masas. Osborn parecía indeciso a la hora de endurecer su campaña contra Marsh, de manera que Cope acudió a otro aliado que había mencionado a Osborn, un "hombre de la prensa de Nueva York" llamado William Hosea Ballou. Pese a los obstáculos interpuestos a los intentos de expulsar a Marsh de su presidencia de la Academia Nacional de Ciencias, Cope recibió una gran ayuda financiera después de que la Universidad de Pensilvania le ofreciera un puesto como profesor. Poco después apareció la oportunidad de Cope para dar un golpe crítico a Marsh.

A lo largo de los años, Cope había mantenido un diario elaborado con los errores y maldades que habían cometido Marsh y Powell; los errores y equivocaciones de ambos serían apuntados y guardados en el cajón inferior del escritorio de Cope. Ballou planeó la primera serie de artículos, que se convertirían una serie de debates en la prensa entre Marsh, Powell y Cope. Aunque la comunidad científica conocía la rivalidad de Marsh y Cope desde hacía tiempo, el público se dio cuenta de la conducta vergonzosa de los dos hombres cuando el New York Herald publicó una historia con el titular "Scientists Wage Bitter Warfare" ("Científicos libran una guerra amarga"). Según la autora Elizabeth Noble Shor, la comunidad científica se vio galvanizada:
La mayoría de científicos de aquel tiempo recularon de horror —y continuaron leyendo con interés—, descubriendo que la enemistad de Cope y Marsh había llegado finalmente a las portadas. Aquellos más próximos a los campos científicos que se discutían, la geología y la paleontología de los vertebrados, ciertamente se estremecieron, particularmente cuando vieron que se les había citado, mencionado o que su nombre había sido escrito mal. La enemistad no era noticia para ellos, ya que se había hecho patente en sus reuniones científicas desde hacía veinte años. La mayoría de ellos ya habían escogido un bando.

En los artículos de prensa, Cope atacó a Marsh por plagio y mala gestión financiera, y atacó a Powell por sus errores de clasificación geológica y por malversar el dinero otorgado por el gobierno. Marsh y Powell pudieron publicar su visión del asunto, lanzando sus propias acusaciones contra Cope. Los artículos de Ballou estaban poco estudiados, escritos y leídos, y el propio Cope escarmentó tras un artículo de The Philadelphia Inquirer que sugería que los mandatarios de la Universidad de Pensilvania pedirían la dimisión de Cope a menos que presentara pruebas para sus acusaciones contra Marsh y Powell. El mismo Marsh mantuvo viva la historia del Herald con una feroz réplica, pero a finales de enero la historia desapareció de los diarios y poco había cambiado entre los acérrimos rivales.

No se celebró ningún juicio del congreso para investigar la malversación de fondos de Powell y ni Cope ni Marsh hubieron de responder sobre su responsabilidad en los errores, pero parte de las calumnias de Ballou contra Marsh quedaron asociadas con el Servicio. Ante un sentimiento antiservicio enardecido por la sequía en el oeste y la preocupación sobre la apropiación de las granjas abandonadas en la misma zona, Powell se encontró bajo una estrecha vigilancia por parte del House Appropriations Committee. Llevado a actuar por el supuesto derroche de Marsh en cuanto a los fondos del Servicio, el Appropriations Committee exigió que el presupuesto del Servicio fuera detallado. Cuando se puso fin a su apropiación en 1892, Powell envió un lacónico telegrama a Marsh indicándole que esperaba su dimisión, una afrenta personal además de financiera. Al mismo tiempo, muchos de los aliados de Marsh se estaban retirando o habían muerto, reduciendo su crédito científico. Justo cuando el extravagante estilo de vida de Marsh empezaba a pasarle factura, Cope consiguió un cargo en el Servicio Geológico de Texas, aunque, todavía tambaleándose por los ataques personales que había recibido durante el asunto del Herald, no continuó con los suyos. La suerte de Cope mejoró durante la primera parte de la década de 1890, cuando fue promovido en el lugar de Leidy como profesor de zoología y fue elegido presidente de la American Association for the Advancement of Science el mismo año que Marsh dejó su cargo al frente de la Academia de Ciencias. Sin embargo, a finales de la década su suerte volvió a empeorar, a medida que Marsh recuperaba parte de su prestigio, consiguiendo la Medalla Cuvier, el galardón paleontológico más importante.

La rivalidad entre Cope y Marsh duró hasta la muerte de Cope en 1897, cuando ambos ya se habían arruinado. Cope sufrió una enfermedad debilitante a sus últimos años y tuvo que vender parte de su colección de fósiles y alquilar una de sus casas para conseguir llegar a fin de mes. Marsh tuvo que hipotecar su residencia y pedir un sueldo a Yale para poder subsistir. Sin embargo, la rivalidad entre los dos permaneció intensa, pero cansada. Cope lanzó un último desafío antes de morir. Donó su cráneo a la ciencia para que se pudiera medir su cerebro, con la esperanza de que fuera mayor que el de su adversario; en aquel tiempo, se creía que la medida del cerebro era la auténtica medida de la inteligencia. Marsh no aceptó el desafío, y supuestamente el cráneo de Cope todavía se conserva en la Universidad de Pensilvania. Se discute si el cráneo almacenado en la Universidad es el de Cope; la Universidad ha afirmado que cree que el cráneo auténtico se perdió a la década de 1970, aunque Robert Bakker ha dicho que fracturas superficiales del cráneo y los informes del forense verifican la autenticidad del mismo.